Objetos que atraviesan el tiempo
Al principio, era “solo” una alfombra.
Un bonito objeto para llevar a todas partes, desarrollado con profesionales de la primera infancia, para acoger con elegancia los ratitos boca abajo, las primeras volteretas y las siestas improvisadas. Mucho más que una alfombra de actividades, ha sido pensado con amor y saber hacer para acompañar los comienzos de la vida, cuando todo sucede… en el suelo.
Y después, pasan los años. Los bebés se convierten en niños. La muselina Damier deja paso a la maxi muselina Cottage, y después a la Douillette Léopard. Los juguetes evolucionan, los deseos también. El Ciao Bazar crece. Pero la alfombra permanece.
Las fundas se suceden al ritmo de las estaciones y de los momentos de la vida: sensorial para los primeros meses, Wonderland y después para colorear para estimular la imaginación, impermeable para las meriendas que se alargan o las noches de verano un poco improvisadas, XXL cuando llegan los primos. Cambiamos el uso, no lo esencial.

Poco a poco, el tapis se convierte en el cuartel general de los amigos, el dojo familiar, el campamento base donde uno se estira para reír, pelearse (un poquito) y reconciliarse (mucho). Amortigua las caídas, acoge las grandes emociones y aguanta la vida, sin más.
A veces se transforma en una cabaña improvisada para amigos intrépidos, en una fortaleza inexpugnable para valientes caballeros, en un rincón de lectura donde tumbarse a hojear un libro. Unas veces, plataforma de construcción para torres tambaleantes; otras, terreno de aventuras para historias sin fin. Un refugio, un lugar propio, colocado en el corazón del salón sin desentonar nunca con el resto. Porque, para durar, un objeto también debe dar ganas de dejarlo bien a la vista.
Año tras año, sin que apenas nos demos cuenta, sigue ahí.
Deslizada bajo el escritorio de un niño más mayor, convertida en su refugio secreto. A los pies de la biblioteca para las largas noches de invierno. O de vuelta al salón para los estiramientos de la mañana, el yoga del domingo o los momentos de desconexión.
En Mezamé nos encanta esta idea de objetos que atraviesan el tiempo.
Objetos que no se guardan en el armario después de seis meses, sino que evolucionan con la familia. Menos usar y tirar, más vida vivida. Una forma de decoración lenta, donde cada pieza lleva recuerdos, una huella, una historia.
Porque, en el fondo, consumir menos pero mejor también es eso: elegir objetos capaces de seguir el ritmo de los niños… y el nuestro.