En sus marcas, listos… ¡Espera!

A vos marques, prêt… Attendez !

Hay etapas que esperamos con cierta impaciencia. Caminar es una de ellas. Tranquiliza, se ve, se celebra. ¿Cuántas veces hemos oído: «¿Ya camina?». Como si fuera el único indicador del éxito de un bebé en potencia. En general seguido unos meses después… «¿Y todavía no camina?» Pues no. Aún estamos en la fase del gateo. La que no esperábamos especialmente, menos espectacular. Para nosotros es "solo" una transición, una vaga historia de rodillas raspadas y pantalones sacrificados (o incluso babas en el parquet…).

Y sin embargo, en ese momento, pasan muchas cosas. A gatas, el cuerpo se organiza en diagonal: un brazo avanza, la pierna contraria le sigue. Este movimiento cruzado, que los profesionales llaman patrón contralateral (sí, nosotras también lo comprobamos 3 veces para estar seguras del término), obliga a los dos lados del cuerpo a cooperar constantemente. Por dentro, el cerebro se activa. La información circula entre los dos hemisferios a través del cuerpo calloso (¡también lo verificamos!), ese haz de fibras que permite coordinar los gestos, la mirada, el equilibrio.

Es un trabajo de fondo, invisible, pero esencial para lo que viene después: la coordinación, la atención, la orientación en el espacio… y más adelante, aprendizajes como la lectura o la escritura. ¿«Menos» espectacular, de verdad? ¡Una mecánica increíblemente bien diseñada, desde luego!

 

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El momento clave: cuando abandona su base. El cojín de lactancia, que hasta entonces le servía de punto de apoyo reconfortante para observar o incorporarse, se convierte de repente en un obstáculo que superar (¡o escalar!). Y luego, casi sin que nos demos cuenta, ya no lo necesita realmente para mantenerse. ¡Victoria, el cuerpo ha encontrado sus propios referencias! La alfombra de juego se convierte en el terreno principal, donde puede empujar con los brazos, apoyarse en las rodillas, cambiar de dirección sin ayuda. La exploración se vuelve más fluida, más segura. El gateo no es solo un desplazamiento, sino una manera de relacionarse con el entorno. Rodear el Ciao Bazar (con la esperanza de que se recoja solo, quién sabe), pasar por debajo de la mesa baja, recorrer el sofá, dar media vuelta en el último momento… El niño observa, ajusta, pone a prueba sus límites.

También descubre las texturas. Las manos y las rodillas se posan, se agarran. Sensaciones que alimentan el movimiento y dan ganas de ir más lejos. ¿Y si el gateo es breve… o diferente? No todos los niños pasan por un gateo clásico. Algunos gatean durante mucho tiempo, otros se desplazan sentados, otros se levantan rápido… para volver más tarde. Estos caminos son múltiples, y perfectamente válidos.

Pero no todos los suelos cuentan la misma historia a un bebé. En una superficie demasiado lisa, las rodillas resbalan, las manos patinan, el esfuerzo se pierde. El movimiento se vuelve frustrante. El cuerpo busca entonces otra estrategia, a veces más vertical, a veces más rápida. Una alfombra de vida firme, estable, con justo el agarre necesario, lo cambia todo. El niño siente que sus acciones tienen un efecto inmediato. Empuja, avanza. Lo repite. No es casualidad que ciertos movimientos emerjan más fácilmente cuando el suelo «responde».

Los pantalones un poco gastados, las manos llenas de texturas, los ojos curiosos… así es como se aprende de verdad. Caminar ya llegará, pero cada centímetro recorrido por el suelo ya escribe un poco de su historia. Así que también nosotros podemos bajar el ritmo. Aceptar que lo que no se ve de inmediato es a menudo lo que más construye. Confiar en esas etapas discretas, menos fotogénicas (ya habrá tiempo para recuperarse), pero profundamente estructuradoras.

La próxima vez que te pregunten: «¿Ya camina?» Podrás responder tranquilamente: «Todavía no. Ahora está explorando.»

 

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