El bajón de la tarde (y lo que venga después)
Son las 18:45. Llegas del trabajo soñando con calma, una infusión y un poco de paz. ¿Y con qué te encuentras? Un niño que parece haber tomado tres cafés bien cargados. Corre, grita, salta en el sofá y lanza sus peluches por los aires. El primer reflejo: "¡Pero tranquilízate de una vez!". ¿Su respuesta? Mucho más ruido. Aaaaah…
Bienvenidos al famoso bajón de la tarde. Por mucho que lo sepamos —después de habernos leído toda la biblioteca del padre y la madre perfectos— no es un capricho ni va dirigido contra nosotros. Pero en el momento, nos puede igualmente. Y a veces, nos lo tomamos un poco a pecho.
Aquí es donde entra Isabelle Filliozat. Según ella, lo que llamamos una "rabieta" es a menudo una descarga motriz. ¿Y eso qué significa? Imaginemos el día de un niño. En la guardería, con la cuidadora o en el colegio, ha tenido que contenerse. Respetar normas, esperar su turno, gestionar el ruido, los demás, las emociones… Su cuerpecito ha acumulado tensiones, estrés y energía reprimida. Una vez en casa, en su refugio seguro, la olla a presión explota. Necesita físicamente moverse, explotar, liberar la presión. Pedirle que se calme en ese momento es como agitar una botella de cava y esperar que no espume al abrirla. (Lo hemos probado, pero fue una excusa para repintar el salón:).

Lidiar con el pequeño torbellino de la tarde es agotador. ¿Una estrategia alternativa? Acompañarle para que pase más rápido. En vez de "Para de moverte", capitulamos directamente: « ¿Necesitas moverte? Pues venga. Pero aquí. » El salón se transforma y la alfombra se convierte en zona de descarga oficial. Gracias a su espuma de alta densidad, que amortigua mejor que una alfombra normal, aguanta volteretas y carreras a cuatro patas con total seguridad. En calcetines, y durante diez minutos, autorizamos el "todo vale": rodar como un tronco, imitar el rugido del león, y lanzar una batalla de cosquillas sin olvidarse de nada: la risa es uno de los mejores medios para reducir el cortisol, la hormona del estrés.
Y con un poco de suerte, el cuerpo se relaja. La presión baja. La dopamina ha hecho su trabajo. El niño está (casi) listo para el baño, la cena y el abrazo de buenas noches. ¿Funciona siempre? Por desgracia, no. Pero aceptar esos pocos minutos de caos alegre en la alfombra solo puede ser liberador para los pequeños… y para los grandes (¡porque nosotros también tenemos días intensos!).