¿Y si ponemos la escuela a la altura de los niños?
¿Y si ponemos la escuela a la altura de los niños?
¿Y si adaptáramos la escuela a la altura de los niños? ¿Y si decidiéramos dejar la mochila a la puerta del aula y elegir cómo organizar el día?
Podríamos empezar con una pequeña sesión de repaso de las tablas de multiplicar con un abanico y cordones, y luego ir a desafiar a los amigos al Conjugotop, ¿boca abajo, bien cómodos sobre un tapete de vida, ya que estamos?

En definitiva, priorizar el aprendizaje a través del juego y organizarse como uno quiera sin perder por ello la seriedad. Ese podría ser el mantra de Pauline Tu, profesora de tercer curso de primaria en un colegio de la región parisina, apodada «la mejor de las maestras» según Oscar de la familia Mezamé, y que tiene muy claro que los niños aprenden mejor jugando.

«Llevo cuatro años enseñando en tercer curso de primaria y tengo muy presente poner el juego en el centro del aprendizaje, es fundamental para mí. Pero en un aula tradicional enseguida se complica: hay que mover las mesas para formar grupos, entonces los armarios ya no quedan bien orientados, los niños se frustran… ¡y sobre todo, ya no se puede circular!»
En busca de fluidez y coherencia en su enseñanza, Pauline se lanzó a la hermosa aventura del aula flexible. «Necesitaba un hilo conductor, algo que me permitiera poner en práctica fácilmente mi visión del aprendizaje».
Tras algunos intercambios con la dirección y el equipo docente, hubo que arremangarse y dedicar buena parte del verano a preparar una vuelta al cole diferente a todas las demás: pensar los juegos en función del programa, plastificar el máximo de material posible para que pudiera manipularse a lo largo del día, preparar planes de trabajo que combinaran ejercicios y juegos, en grupo o en solitario… ¡y sobre todo organizar el espacio físico del aula!
Pauline empezó por poner una pelota de tenis vieja en cada pata de silla: ¡todo un acierto para reducir el ruido! Luego retiró algunos asientos: aquí hay menos pupitres que alumnos, pero los niños pueden apoyarse en los Z-tools para hacer su trabajo. ¿Z-qué? Un ingenioso combo de asiento y escritorio en el que uno se sienta directamente en el suelo (o sobre un tapete, ¡redundancia dicha y reconocida!) y donde se puede apoyar fácilmente el cuaderno para copiar el poema (¡o el ordenador, sí, también nos lo hemos preguntado!)

¿Y para los que no pueden estarse quietos? Pauline lo tiene todo pensado: cojines de propiocepción en las sillas o taburetes balancín, lo que cada uno prefiera. Por el contrario, para quienes tienen problemas de atención o simplemente necesitan aislarse para concentrarse, la maestra pone a disposición auriculares con cancelación de ruido y mamparas de trabajo que permiten crear una pequeña burbuja.
Sin olvidar, claro está, algunos tapetes Mezamé para los momentos de reunión en torno a una nueva lección o para el rincón de biblioteca.


«¡Cambiamos de sitio todo el tiempo, eso es lo mejor!», nos dice Oscar con entusiasmo.

¿Un polvorín de caos, diríais? No, una forma estupenda de hacer a nuestros hijos más autónomos. Cada lunes, Pauline les entrega un plan de trabajo para la semana, que incluye juegos y ejercicios: cada uno se organiza como quiere, al ritmo que quiere.
«Les digo que si están cansados, pueden elegir un juego o un ejercicio que les parezca fácil, y que abordarán la parte más difícil del plan de trabajo en otro momento».
Autonomía, sí, pero también ayuda mutua y cooperación.
«Si sus amigos no están disponibles en el mismo momento que ellos, los niños se acercarán a otros compañeros para encontrar pareja en los ejercicios que hay que hacer en grupo», nos cuenta Pauline.

Y el mejor rincón para estas actividades en grupo sigue siendo, por supuesto, nuestro icónico tapete, a menudo desplegado en su versión King Size para que todo el mundo encuentre su lugar.
Los tapetes llegan incluso hasta el pasillo, donde la maestra ha creado una extensión de su aula para los juegos más ruidosos, que podrían molestar a algunos alumnos.
«Esto crea un ambiente de clase muy bueno», concluye Pauline, hasta tal punto que ¡a veces los niños ya no quieren bajar al recreo!